martes, 9 de junio de 2009

Para reflexionar

Matrimonio: plenitud o frustración


El matrimonio implica ciertas exigencias que son compatibles con la vida profesional. Sólo falta que quieras hacerlo


Llamémosla Maricarmen. Tiene 32 años y es directora de una financiera muy importante. En lo profesional es una mujer de éxito, pues avanza con paso firme hacia la meta que se impuso recién graduada de la universidad. En lo personal, acaba de cerrar un capítulo de su vida. Su primer divorcio.
Está convencida de que fue lo mejor para ella, pues su ex marido tenía la “loca” idea de tener hijos pronto, exigiéndole reducir sus horas de trabajo para así poder dedicarle más tiempo a ellos cuando llegaran. Con mucha firmeza, Maricarmen dice que tuvo que tomar una decisión drástica, pues dentro de sus planes los hijos no eran una "prioridad", especialmente hoy que estaba a punto de lograr la presidencia ejecutiva en la corporación donde trabaja.

Maricarmen, es una mujer de éxito. Por lo menos ella cumple con el perfil de la mujer que está triunfando hoy. Como ella, son miles las mujeres que, por alcanzar el éxito y la gloria a nivel personal, se casan con la idea de planificar los hijos para diez años después, si acaso llegan a tener uno solo y luego, decepcionadas del amor deciden divorciarse.

Viven todo lo anterior con mucha fuerza, parecen ser un tipo de mujer que no se detiene a pensar en su naturaleza, pues dice tener sus propios valores y derecho a vivir la vida de una mujer de su tiempo.

¿Apuntará la vida de una mujer así a la trascendencia? ¿Puede una mujer, que decide olvidarse de los valores más nobles, influir positivamente en la generación de mujeres jóvenes que seguirán transmitiendo los valores?

Plantearse y responder estas preguntas es importante porque en el fondo se descubre que las mujeres que viven de esta manera, se han distanciado u olvidado de Dios, como muy bien lo señala Jutta Burgaff, "distanciarse de Dios, lleva a una vida humanamente empobrecida".

Ninguna mujer que haya atendido al llamado de la vocación al matrimonio puede ser exitosa ni triunfadora, si el sentido específico de su existencia —de esa vocación— no se realiza. Es decir, mucho antes de que se haya alcanzado el éxito como profesional, empresaria, inclusive artista, deberá haberse triunfado en su natural y específico rol: ser compañera, esposa y madre. Esto no es negociable, pues su realización vendrá sólo y cuando, profundamente en su interior, haya descubierto el misterio de su ser personal.

Como las demás, la vocación al matrimonio exige mucho y da mucho. La mujer que ha sido llamada por Dios a ser compañera y madre debe responder a ese llamado con alegría y visión sobrenatural.

Y es que, como señala el Catecismo de la Iglesia, “el amor conyugal comporta una totalidad en la que entran todos los elementos de la persona —reclamo del cuerpo y del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y de la voluntad—; mira una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en una sola carne, conduce a no tener más que un corazón y un alma; exige la indisolubilidad y la fidelidad de la donación recíproca definitiva; y se abre a fecundidad” (CEC, 1643).

Cuando una mujer incursiona en el mundo empresarial o laboral, sin perder de vista su vocación, puede llegar a tener tanto o más éxito que aquella mujer que, dentro de su matrimonio, ha decidido dar la espalda a estos valores específicos en esa vocación concreta que la definen como persona.

Me pregunto cuántas Maricarmen vivirán en el mundo, totalmente ignorantes de su vocación digna y admirable, estrellando sin pensarlo o cuestionar, el proyecto de vida que Dios tuvo para ellas, al momento de su creación como mujeres. Si tú como mujer, que lees este artículo tienes amigas que ignoran la grandeza de su misión, es hora que comiences a descubrírselas. ¿Te atreves?

Toma en cuenta si alguna vez lo haz pensado

Antes de divorciarte


Cuando tengo que atender casos en los que la solución parece inevitable, suelo cuestionar: “Pero vamos a ver, ¿en este momento hay prisa para decidir sobre el divorcio?”



Según parece cada día aumenta el número de divorcios y no sólo en los Estados Unidos, sino en países como el nuestro, donde tenemos una estructura familiar mucho más sólida y sana. Por lo cual nunca estará de más profundizar en esta triste realidad que, suele ser la puerta de escape de las crisis matrimoniales. Una puerta de escape en un avión es algo que solamente en situaciones de gravedad excepcional debe usarse. Nadie haría un salto en pleno vuelo sin tener un motivo serio, y un entrenamiento proporcionado pues, por principio, tal acción se antoja suicida.

¿Puede usted imaginar algo más triste para una persona casada que su cónyuge le venga un día con que: “No soy feliz. . .”; “ya no te amo. . .”; “es imposible seguir viviendo así. . .”? Todos tenemos muy grabadas en nuestras retinas las escenas del derrumbamiento de las torres gemelas de Nueva York, pues esas son las imágenes gráficas de lo que sucede en el alma de tanta gente cuando les dicen “eso”. Es decir, cuando le echan abajo las ilusiones que durante años los habían mantenido luchando por el motivo que le daba sentido a sus vidas.

Las crisis de pareja suelen coincidir, o ser el resultado, de crisis personales: crisis de identidad, de inmadurez, crisis profesionales, económicas, ante la falta de cariño, atención y comprensión. Crisis ante la falta de reconocimiento al descubrir la desilusión provocada por las elevadas expectativas de la pareja, y que no se pueden satisfacer ya que no se es tan inteligente, bonita, educado, trabajador, cariñoso, tan solvente económicamente hablando, tan delgada, . . . y es entonces cuando llegan a plantearse -según ellos- “la ruptura total”, es decir: el divorcio.

La experiencia suele demostrar que la aniquilación del vínculo matrimonial, sólo se da en teoría, pues querer hacer desaparecer si más, por un simple trámite legal, todas las expectativas de felicidad que llevaron a una pareja hasta el matrimonio es demasiada pretensión. De hecho, esas expectativas se convierten en heridas supurantes que no cicatrizan con el paso del tiempo, pues suelen dejar en el alma un profundo y constante sentimiento de fracaso.

Cuando tengo que atender casos en los que la solución parece inevitable, suelo cuestionar: “Pero vamos a ver, ¿en este momento hay prisa para decidir sobre el divorcio?” y casi siempre la respuesta es: “¿Prisa? No, pero es que él, o ella, ya no quiere esperar más”. “De acuerdo pero, insisto, ¿Hay prisa?” Si la respuesta sigue siendo: No, entonces sugiero aplazar más la decisión acordándome de una sabia premisa que dice: “Las cosas importante pueden esperar, y las muy importantes deben esperar”.

Por otra parte, cuando una persona se halla ante la disyuntiva del divorcio, suele encontrarse en una situación anímicamente alterada, por lo cual los riesgos de error aumentan. De vez en cuando recibo correos electrónicos que vale la pena guardar, y en uno de ellos venía esta enseñanza:

“Recuerdo que un invierno mi padre necesitaba leña, así que buscó un árbol muerto y lo cortó. Pero luego, en la primavera, pudo darse cuenta, con gran tristeza, que al tronco marchito le brotaron retoños. Mi padre dijo: “Estaba yo seguro de que ese árbol estaba muerto. Había perdido todas las hojas en el invierno. Hacía tanto frío, que las ramas se quebraban y caían como si no le quedara al viejo tronco ni una pizca de vida. Pero ahora advierto que aún alentaba en él la vida.” Y volviéndose hacia mí, me aconsejó:

“Nunca olvides esta importante lección. Jamás cortes un árbol en invierno. Jamás tomes una decisión negativa en tiempo adverso. Nunca tomes las más importantes decisiones cuando estés en tu peor estado de ánimo. Espera. Sé paciente. La tormenta pasará. Recuerda que la primavera volverá”.

Hasta aquí no he mencionado las repercusiones que se dan en los hijos de quienes se divorcian. Sobre ellos se han escrito, y se podrán seguir escribiendo muchos, y muy tristes libros.

sábado, 2 de febrero de 2008

Cuando el sexo se convierte en adicción

Cuando el sexo se convierte en adicción
La adicción al sexo es una de las dependencias menos confesadas y visibles de todas las que existen. No obstante, ha aumentado el número de pacientes que pide ayuda debido a las consecuencias de su trastorno: ruina económica, divorcios, problemas laborales, sufrimiento, ansiedad y depresión.
Diagnosticado por primera vez como psicopatía sexual por el psiquiatra alemán Kraff-Ebbing, no es hasta 1970 cuando Patrick Carnes desarrolla las pautas necesarias para su identificación y tratamiento. Este psicólogo e investigador es el autor de buena parte de la literatura científica, fuente de consulta de los terapeutas de los adictos al sexo.
¿Cuánto sexo es demasiado? ¿Dónde esta el límite entre lo normal para cada persona y lo patológico? La sexualidad forma parte natural del ser humano, pero cuando se convierte en una prioridad que interfiere en la vida diaria, en el trabajo, afecta a las relaciones personales y sociales y, además, causa ansiedad, estrés y arrepentimiento, entonces se convierte en sexo adicción.
Adicción con varios disfraces
Esta es una dependencia que no puede describirse a través de un solo comportamiento (como sucede con otras adicciones), ya que puede disfrazarse como una o varias de estas formas: masturbación compulsiva, relaciones con múltiples parejas heterosexuales u homosexuales, encuentros con personas desconocidas, uso de pornografía, prostitución o líneas eróticas.
De acuerdo a Marta Arasanz, del Instituto de Sexología de Barcelona “normalmente nos encontramos con más casos de hombres que de mujeres. Algunas hipótesis se inclinan hacia una explicación cultural, social y educacional. Mayor facilidad en el acceso a la práctica sexual, más necesidad de cuantificar la sexualidad y creen que esto es, precisamente, lo que se espera de un hombre”.
El comportamiento sexual compulsivo se gesta, en la mayoría de los casos, en la mente, donde las fantasías sexuales, los sueños y los pensamientos eróticos se convierten en la válvula de escape de los problemas laborales, las relaciones rotas, la baja autoestima o la insatisfacción personal.
«Todo el mundo tiene fantasías, pero la persona obsesionada decide muchas veces pasar a actuar creyendo que es una forma de liberarse de sus pensamientos. Sin embargo, suele suceder lo contrario, su actitud se empieza a repetir sin control y cae en el comportamiento sexual compulsivo», señala Juan José Borrás.
Aliados de la mentira
La adicción al sexo comienza con las mentiras. Las que se cuentan a sí mismos con el fin de autoconvencerse de que todo está bajo control y las que cuentan a los demás, para ocultar su doble vida. «Los adictos al sexo se convierten en grandes actores. Se hacen hábiles engañando porque su problema les avergüenza y porque se dan cuenta de que no pueden frenar sus impulsos», aclara el doctor Borrás. Pero, en ocasiones, su rastro acaba por desvelar toda la verdad. «Algunos acuden a la consulta cuando las facturas de teléfono de líneas eróticas o los contactos con prostitutas les han arruinado económicamente y sus parejas les han descubierto», señala Roselló Barberá, director del Centro de Urología, Andrología y Sexología de Madrid.
Otros, en cambio, deciden pedir ayuda porque quieren poner fin a una adicción que les ha costado el matrimonio, les ha causado problemas legales o les está empujando al suicidio. O porque su esclavitud les está obligando a hacer cosas que nunca hubieran imaginado, lo que les causa un sufrimiento insoportable.
Tratamiento sí es posible
Independientemente de cuál sea la causa, tratar la adicción al sexo es posible. Los especialistas buscan con la psicoterapia los posibles desencadenantes de la dependencia y con las técnicas cognitivas-conductuales, controlar la conducta sexual del paciente.
“A un alcohólico le puedes decir que no beba, pero nadie puede prescindir del sexo. Eso, además, es lo que más miedo les da. Te dicen que cómo van a dejar de tener relaciones, que no se imaginan una vida de celibato. Pero no se trata de vivir sin sexo, sino de reconducir su comportamiento, de aprender a convivir con uno mismo y tomar elecciones”, aclara el doctor Borrás.
A algunos les ayudará el uso de fármacos, como los inhibidores de la recaptación de la serotonina. Para prevenir la adicción al sexo algunos especialistas, como el doctor Roselló Barberá, creen que sólo hay un camino: “Hay que impartir a edades más tempranas una buena educación no represiva. Tenemos que enseñar que el sexo es algo bueno, pero que puede convertirse en nocivo cuando se utiliza de forma inapropiada”.
Cuestionario de autoevaluación
Estas 13 preguntas pueden ayudar a determinar si usted tiene un problema de adicción sexual, según la asociación Adictos Sexuales Anónimos 2000 de EEUU.
1. ¿Guardas secretos sobre tus actividades sexuales? ¿Mantienes una vida doble?
2. ¿Tus necesidades te han llevado a tener sexo en sitios o con gente con las que normalmente no te involucrarías?
3. ¿Te sorprendes a ti mismo buscando artículos o escenas sexualmente excitantes en periódicos, revistas u otros medios de comunicación?
4. ¿Te has dado cuenta de que tus fantasías románticas o sexuales causan problemas en tus relaciones o que te prohíben enfrentarte a tus problemas?
5. ¿Frecuentemente quieres alejarte inmediatamente de una pareja sexual después de haber tenido relaciones con ella?
6. ¿Frecuentemente sientes remordimiento, vergüenza o culpabilidad después de un encuentro sexual?
7. ¿Sientes vergüenza de tu cuerpo o de tu sexualidad, de tal manera que evitas tocarte el cuerpo y participar en relaciones sexuales? ¿Temes no tener sentimientos sexuales? ¿Temes ser asexual?
8. Cada nueva relación, ¿tiene los mismos patrones destructivos que te incitaron a romper con la última?
9. Tus actividades sexuales, ¿necesitan cada vez mayor variedad y frecuencia sólo para sentir los mismos niveles de excitación y alivio?
10. ¿Te han detenido alguna vez, o hay peligro de arresto, debido a tus prácticas de voyerismo, exhibicionismo, prostitución, sexo con menores de edad, llamadas telefónicas obscenas, etc.?
11. Tu búsqueda de relaciones sexuales o románticas, ¿contradice o interfiere con tus creencias espirituales o tu moral?
12. ¿Tus actividades sexuales, incluyen riesgos de contraer enfermedades de transmisión sexual, amenazas, o embarazo, coacción o violencia?
13. Tu comportamiento sexual o romántico, ¿te ha dejado alguna vez con el sentimiento de una falta total de esperanza, enajenación, o con ganas de suicidarte?
Si la respuesta es positiva a más de una pregunta es importante que solicite consulta médica especializada para descartar o no la presencia de un comportamiento sexual compulsivo.

sábado, 26 de enero de 2008

Recetas para un matrimonio feliz

Derecho matrimonial Sexualidad y fertilidad Amor conyugal

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Receta para un matrimonio feliz

¿Qué ingredientes necesitamos poner para preparar el exquisito «Éxito en el matrimonio» y para mantenerlo vivo y fortalecerlo durante toda la vida sin dejarlo a la improvisación, al destino, ni a la suerte?

He aquí una receta que bien vale la pena poner en práctica:
Mezclar los siguientes ingredientes y darle vueltas hasta que la masa esté afianzada:

Un poco de esfuerzo diario y continuo de «querer querer» a la persona que hemos elegido para pasar el resto de nuestra vida.
Querer a la persona, con sus virtudes y con sus defectos e intentar adaptarnos al otro.
Cuidar los detalles pequeños que hacen que tu pareja sienta que es la persona más importante para ti.
Aprender a pelearse sin faltarse nunca el respeto.
No hablar nunca de las relaciones sexuales de forma grosera y vulgar.
Regarlo con el mejor caldo: el sentido del humor y añadir tu toque personal. Y ya tienes el plato listo para servir.

He aquí un consejo lleno de sentido del humor que no se puede olvidar:
«Dichoso el marido de una mujer buena: se doblarán los años de su vida. La mujer hacendosa hace prosperar al marido, él cumplirá sus días en paz. Mujer buena es buen partido que recibe el que teme al Señor: sea rico o pobre, estará contento y tendrá cara alegre en toda sazón. Mujer hermosa deleita al marido; mujer prudente lo robustece; mujer discreta es don del Señor: no se paga un ánimo instruido; mujer modesta duplica su encanto: no hay belleza que pague un ánimo casto. El sol brilla en el cielo del Señor, la mujer bella, en su casa bien arreglada». Lectura del libro del Eclesiástico: 26, 1- 4, 16 - 21

Fuente: Conoze.com

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Que hacer y no hacer en el matrimonio

Hay algunos atributos básicos que pueden ayudar a fortalecer o debilitar su relación
Tan simples como son, suelen dejarse a un lado o mirárseles con menosprecio. Pero démosle un poco de atención y tomemos nota de cuán importantes pueden ser cada uno de estos puntos.

Qué hacer

Rezar juntos
Una pareja que reza junta se conecta en un nivel muy profundo. Se unen en sus creencias, metas y valoraciones en común, ganando gracias para su relación; por lo tanto se ligan emocional y espiritualmente.

Mostrarse afecto
No tema besar a su cónyuge frente a sus hijos ni olvide que tomarse las manos puede ser agradable y mágico. El afecto rompe las murallas que puedan haberse construido entre ambos.

Jugar y reír
Los momentos de alegría hacen que la pareja que sienta cómoda y feliz de estar junto a la persona escogida. Además de compartir las cargas de la vida común, no hay que olvidarse de disfrutar con el otro y hacerlo sentirse bien.

Alentarse mutuamente
Estar casados no significa que usted o su esposo/a no necesiten aliento. Todos lo necesitamos. Escuchar que alguien cree en usted o está alentándole en algo que le importa es importante para usted, y hace toda la diferencia en el mundo de sus sentimientos sobre sí mismo y los demás. A su pareja, le ocurre lo mismo...

Invertir tiempo en su relación
El más duro obstáculo para los padres - y para muchos profesionales - es encontrar tiempo a solas con el otro. Asegúrese de conseguirlo. Sea una hora tranquilos en su cuarto antes de dormir, o una cita afuera, hay que encontrar lo que mejor funcione y ponerlo en práctica, para que la relación se alimente con tiempo y atención. La planta que no se riega, muere de inanición.

Qué no hacer

Negarse a perdonar
Enseñamos a nuestros hijos a perdonar, y nosotros ¡también debemos hacerlo!
Algunas heridas toman más tiempo en cerrarse que otras, pero los rencores y resentimientos sólo alejan el amor, y dificultan mucho más el re encauzamiento de la pareja que ya ha sufrido un quiebre.

Burlarse del otro
El sarcasmo es la enfermedad más grande en nuestros hogares, y puede ser muy doloroso. La burla y los comentarios sarcásticos nunca construyen un hogar o un matrimonio. Hay que evitar este hábito dañino e intentar afrontar las discusiones de forma más considerada. El otro no es un enemigo, sino alguien a quien amamos y con quien estamos en desacuerdo en algún punto. No se debe perder este punto de vista.

Comparar a su cónyuge
Su marido tal vez no sea como el de su amiga, o viceversa, en algún aspecto que usted admira, pero usted tampoco es otra persona. Todos tenemos fortalezas y debilidades. Las comparaciones sólo aumentan las debilidades en lugar de fomentar las fortalezas, porque vuelven inseguro a quien es comparado. Y por lo demás, jamás es justo para nadie. Debemos dejar de hacer aquellas cosas que perjudiquen la autoestima y la confianza de los que amamos.

Criticar
Todos cometemos errores. La paciencia con los errores ajenos, y la indulgencia, facilitarán mucho la relación, y puede lograr mucho más que la crítica. Las relaciones en que la crítica es frecuente también desvalorizan mucho al "errado" y quebrantan la confianza entre ambos.

Culpabilizar
Muchos caen en esto. La culpabilización nunca resuelve nada, sólo divide a la pareja. Se aplica a esto lo mismo que a la crítica y la burla. Son todos medios malsanos de avanzar sobre el otro, como si fuese un enemigo o un contendor a quien debemos aplastar. Está claro que estos "métodos" no ayudan en nada a mejorar una relación.

Gritar y/o pelear muy fuerte
No estar de acuerdo o discutir es parte de cualquier relación matrimonial. Pero cuando comienza la tendencia de gritar, dar portazos, etc., puede convertirse en un hábito que termina destruyendo la comunicación. Aprenda a ser constructivo/a y práctico/a cuando no estén de acuerdo, o dése un tiempo hasta que sus emociones se calmen un poco.

Autor: Revista Buen Vivir, Centro de estudios para la familia.(México)


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Cómo mejorar la relación con su cónyuge

Aprenda a dialogar: escuche, explique y comprenda hasta ganar/ganar.
Tenga paciencia con el proceso y la persona.
Trátelo/a con delicadeza.
Tenga disposición de aprender de él/ella.
Acéptelo/a como es, sin exigir cosas que no puede dar.
Tenga una actitud abierta cuando discutan puntos en los que ambos difieren.
Concéntrese en las cualidades y buenas acciones del él/ella, antes de resaltar lo malo.
Antes de emitir un concepto negativo que ataque a su cónyuge, pare respire y conviértalo en algo positivo.
Retome actividades y hobbies que practicaban juntos en sus épocas más felices
Hágase las siguientes preguntas:


¿Qué hace que yo me sientas amada(o)?
¿Que hace que mi cónyuge se sienta amada(o)?
¿Cómo puedo encontrar nuevas expresiones para mostrar mi amor a mi cónyuge en esta semana?
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Remedios para el desamor

Borrón y cuenta nueva
No sacar la lista de agravios
El respeto mutuo en palabras, obras y gestos.
Ser persona de criterio.
No caer en el aburrimiento o la rutina.
Evitar discusiones innecesarias.
Tener una vida sexual sana, positiva y centrada en la comunicación.
Mejorar y pulir constantemente las dificultades de la convivencia.
Sentido del humor.
Capacidad de afrontar situaciones difíciles.
Habilidades en la comunicación.
Introducir días rosas.
Saber que la vida tiene luces y sombras.
No querer controlar al cónyuge.
Cambiar las ideas irracionales
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Diez ideas para afianzar el matrimonio

Presente a su pareja en público con orgullo y diciendo algo positivo.
“Malcríe” a su cónyuge.
Cuando esté enfadado/a, haga una acción en favor del cónyuge.
Ofrezca su colaboración voluntaria para hacer algo.
Dos palabras claves: gracias y perdón.
Haga una pausa para cambiar de rol una vez al año: El en la casa; ella en lo que quiera.
Halague el gusto de su pareja de vez en cuando.
Buen humor.
No se trata de quién tiene la razón, sino de amarse.
Piense de vez en cuando en los momentos buenos del noviazgo y matrimonio.
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Preguntas que todo cónyuge debe hacerse

¿Pasa usted más tiempo criticando a su cónyuge que considerando sus rasgos positivos y agradables?
¿Hace su cónyuge cosas que usted le molestan tanto que siente que debe llamarle la atención?
¿Habla usted con menosprecio a espaldas de su cónyuge?
¿Ha colocado usted normas tan elevadas para su cónyuge que ni usted puede cumplirlas?
¿Presiona usted a su cónyuge para que se amolde a las normas que usted le ha impuesto a fin de poder aceptarlo con más facilidad

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Los gritos matan el amor

Un día un maestro occidental preguntó a sus discípulos lo siguiente: ¿Por qué la gente se grita cuando están enojados?
Los hombres pensaron unos momentos: Porque perdemos la calma - dijo uno - por eso gritamos. Pero ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado? preguntó el maestro - no es posible hablarle en voz baja? ¿Por qué grita a una persona cuando estás enojado? Los hombres dieron algunas otras respuestas pero ninguna de ellas satisfacía al maestro.
Finalmente el explicó: "Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esa distancia deben gritar, para poder escucharse. Mientras más enojados estén, más fuertes tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia."

Luego el maestro preguntó: "¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran? Ellos no se gritan, sino que se hablan suavemente, ¿por qué? Sus corazones están muy cerca. La distancia entre ellos es muy pequeña.

El maestro continuó: Cuando se enamoran más aún, ¿qué sucede? No hablan, sólo susurran y se vuelven aún más cerca en su amor. Finalmente no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran y eso es todo. Así están dos personas cuando se aman.

Luego el maestro dijo: "Cuando discutan, no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien más, llegará un día en que la distancia sea tan larga que no encontrarán más el camino de regreso."

jueves, 22 de noviembre de 2007

leanlo y marquen las ideas mas importantes

Conflictos conyugales: causas y efectos
Psicológicamente, los conflictos conyugales tienen con frecuencia razones relacionadas con la regresión a fases del desarrollo individual.

Psicológicamente, los conflictos conyugales tienen con frecuencia dos únicas razones, relacionadas con la regresión a dos fases del desarrollo individual: la simbiosis con la madre y el narcisismo. Por tanto, hay dos tipos de matrimonio particularmente condenados a la crisis: el matrimonio simbiótico y el matrimonio narcisista.

Por lo que se refiere al primer matrimonio, hay que subrayar que en la fase simbiótica el niño experimenta que él y la madre son una única realidad, y que es imposible para cada uno de ellos pasar sin el otro, en una relación de dependencia mutua. Quien, por un incidente psicológico infantil (frustraciones y carencia de gratificaciones), se quede en esta fase (que va de 0 a 2 años), al casarse, lo hará con una figura materna de la que pretenderá una dedicación absoluta e irreal. O sea, considerará a su pareja como una parte de sí mismo y sufrirá cada vez que esa disponibilidad excesiva no se dé. Hay mujeres que se ofenden por cada momento que el marido pasa con sus colegas, amigos, parientes o incluso hijos, o si el marido vuelve a casa y se pone a leer el periódico. Y también hay maridos que se quejan porque la cena no está nunca preparada cuando vuelven a casa, porque la mujer juega a las cartas con las amigas en vez de pasar la tarde con él, o porque hace su vida o se dedica demasiado al hijo, prefiriéndolo al cónyuge. Son ejemplos clásicos del modo equivocado de considerar al otro como a la madre cuando se era un bebé, ejemplos del llamado matrimonio simbiótico. En este matrimonio el simbolismo de «serán los dos una sola carne» se toma de forma literal y exagerada, y en el inconsciente de al menos uno de los dos no existe el «yo y el otro», sino una unión de los dos, o mejor, la pretendida sumisión completa del otro a uno mismo. En el matrimonio simbiótico se niega uno a reconocer que su pareja tiene un mecanismo operativo separado que funciona según un ritmo propio; es decir, existe la pretensión de que el reloj del otro coincida siempre y en cualquier situación con el de uno. El problema surge cada vez que un cónyuge dice: «Mi mujer (o mi marido) no me comprende». Esta expresión suena como un timbre de alarma: indica la pretensión de que el otro tenga que conocer los pensamientos de uno, evidentemente porque lo vive como parte de sí mismo, como alguien que debería comprender sin palabras.

Otro tipo de matrimonio condenado al fracaso es el contraído de resultas de persistentes exigencias narcisistas. El narcisismo es un momento del desarrollo individual (de 2 a 4 años) en el que el niño adquiere conciencia de que las necesidades se satisfacen desde fuera; por eso considera a los demás únicamente como personas que sirven para satisfacer sus necesidades. Todo ser humano experimenta personalmente el narcisismo durante la infancia. El niño goza con las frecuentes y habituales aprobaciones que recibe. El mismo goce vuelve a aparecer en la adolescencia, especialmente en los sujetos con dotes estéticas especiales.

Los que fanatizan este narcisismo, que a niveles medios es normal, necesitan ser amados más que amar, demostrando así una burda inmadurez. Se dan cuenta o creen tener un físico muy atractivo que les garantiza ser admirados y cortejados, haciendo aparentemente más fáciles y gratificantes todas las relaciones sociales. Entonces, pueden permanecer perezosamente en esta postura y escoger como estilo de vida la actitud de quien no tiene nada que conquistar sino que lo único que tiene que hacer es dejarse conquistar. Por algo la palabra se deriva del nombre de un personaje mitológico de la antigua Grecia, el joven Narciso, que, enamorado de sí mismo, quería admirar su imagen reflejada en una fuente.

Desgraciadamente, muchos adultos se han quedado estancados en esta fase evolutiva infantil que debería ser transitoria en el desarrollo de la capacidad de relación con los demás. Y cuando se casan, buscan un instrumento más que una persona; es decir, se busca al otro no por lo que «es», sino porque «tiene» algo que sirve para compensar lagunas más o menos graves de madurez personal. Quien ha experimentado variados arrebatos, ejemplos clásicos de narcisismo fatuo, puede reconocerse fácilmente en este tipo de inmadurez, que se puede identificar con el egocentrismo más exasperado. Muchas infidelidades conyugales hallan su verdadera motivación en el haber contraído un matrimonio narcisista. Quien se queda en la fase narcisista sigue dividiendo a las personas en dos clases: buenas y malas, y seguirá buscando personas buenas, que abandonará al primer desengaño, para buscar otras nuevas durante toda la vida.

En la infancia, la fase narcisista cesa cuando el niño se da cuenta de que tanto las experiencias agradables como las desagradables son producidas por la misma persona; o sea, cuando recibe una bofetada de su madre, va a llorar al regazo de la madre, y en este momento nos hacemos maduros para unirnos a una persona que humanamente podrá defraudarnos, pero sin justificar por ello evasiones ni infidelidades.

Entre los múltiples motivos que pueden provocar crisis en un matrimonio están:

Expectativas exageradas: a veces esperamos y pretendemos demasiado del otro, pidiendo cosas que bastarían para hacer huir a todos nuestros amigos si nos mostráramos con ellos tan exigentes.

Falta de diálogo: a veces el diálogo cesa por miedo, miedo a herir o a ser heridos. Antes o después todos los esposos se preguntan: «No sé si me querría igual si tuviera el valor de decirle abiertamente lo que pienso o siento dentro».

Deseo de cambiar al otro: al parecer, la mayor parte de los casados empiezan a hacerlo al poco de casarse y se empeñan en modelar a la pareja según sus categorías. Y se lucha y se pelea por culpa de las mismas cualidades que nos habían hecho escoger a la otra persona. Pero cuando nos percutamos de que él o ella tienen intención de hacernos cambiar, protestamos y nos rebelamos. Sentimos que no somos aceptados por lo que somos, y, por consiguiente, nos resultará imposible poder amar con ternura y autenticidad.

El primer niño: a menudo el primer peligro verdadero para la paz del matrimonio llega con el primer hijo, y el test, en tal ocasión, es si la mujer (y a veces también el marido) pone en el niño todo su interés, ignorando al otro cónyuge. ¿Podrán entender los padres que la paternidad y la maternidad se pueden transmitir mientras la unidad matrimonial continúe? ¿Llegarán los padres a darse cuenta de que sólo podrán garantizar a su niño amor, seguridad, aceptación y calor humano si siguen creciendo en su amor de marido y mujer? Con la llegada de los hijos el peligro lo corre sobre todo la mujer, con el riesgo de convertirse exclusivamente en madre. Por su parte, el padre podría pensar más en cómo aumentar los ingresos mensuales que en cultivar la relación de pareja.

Cuando faltan las pequeñas muestras de amor: descuidar las pequeñas atenciones cotidianas una vez casados, cosas que durante el noviazgo eran la regla: detalles, palabras dulces, muestras concretas de afecto, mimos, caricias, etc. No olvidemos que el amor erótico-sexual se basa exclusivamente en la ternura; en caso contrario llegan las neurosis sexuales.

Cuando no ve tiene tiempo para estar juntos: los matrimonios entran en crisis porque no tienen tiempo para estar juntos, para mirarse a la cara, para hablarse, para salir juntos ellos solos. Nada podrá sustituir nunca el tiempo de estar juntos. Ni el dinero, ni los nuevos electrodomésticos, ni las joyas, ni las pieles, ni una casa más bonita, ni una cuenta bancaria más abultada, etc. podrán sustituir el tiempo pasado juntos escuchándose, amándose, compartiendlo, etc..

Pero aparte de las causas de crisis, de las causas psíquicas que crean conflictos conyugales, hay que preguntarse: ¿cuáles son los síntomas más frecuentes de la crisis convugal, los signos que nos dicen que estamos en crisis?

- Dificultad creciente de comunicar o, peor, no hablar nada durante días enteros.

- Sensación de que el amor va y viene, con días en que uno siente que ama a su pareja y otros días en que uno está seguro de no haber amado al otro nunca.

- Sensación de que es el otro quien pone en crisis el matrimonio, no nosotros, sino él o ella, sin duda.

- Nos limitamos a existir uno junto al otro, aplastado cada uno por una enorme soledad que nos lleva a la idea de la incompatibilidad y de que no vale la pena hacer nada para superar esa crisis: «¡Somos incompatibles, y basta!» Y cada cual empieza a ir por su cuenta, comunicando poco, nos vamos a nuestro rincón a cultivar nuestras aficiones, lecturas, juegos con amigos, etc.

- Tener dudas serias, en el sentido de que nos preguntamos si no valdrá la pena volver a empezar con otra persona, y entonces miramos alrededor y vemos gente feliz y sentimos poco a poco el deseo de otro campañero. Conocemos en el trabajo o en otro lugar a alguien que tiene nuestros problemas y nos sale espontáneo hablar con esa persona, y en un santiamén nos arrojamos uno en brazos del otro. He aquí la infidelidad, que hoy está tan de moda. He aquí la muerte del matrimonio, y el divorcio se convierte en la solución para todo. Ironías de la vida, a menudo la nueva pareja tiene las mismas características que la antigua, de la que nos hemos separado; y todo vuelve a empezar desde el principio. Muchas veces las segundas nupcias funcionan, pero puedo aseguraros que es porque nos hemos puesto a trabajar en nosotros mismos y hemos puesto en el nuevo matrimonio la comprensión que debíamos haber puesto en el primero.

- Luego están los problemas sexuales: el marido se lamenta de que la mujer es frígida; ésta replica que no se siente amada, etc.

- Por último, no olvidemos que un gran sufrimiento es buena señal en la pareja, porque mientras logremos «sufrir» significa que todavía queremos al otro, y hay un hilo de esperanza. El amor está muerto y sepultado cuando ya nada nos importa.

Aquí conviene decir que la esperanza es siempre lo último que muere, incluso en los conflictos conyugales.

Pero aparte de este detallado aunque sucinto análisis de las causas psíquicas de los matrimonios abocados al fracaso, sería útil ahora saber a qué fuentes hay que recurrir para lograr un matrimonio exitoso. Después de años de experiencia psicoterapéutica, puedo afirmar modestamente que lo que necesita una familia sana no es ni bienestar material, ni una excesiva sexualidad de los padres, ni unos hijos «majos», ni una casa amplia o apoyos externos: sólo se requiere un poco de buena voluntad para mirar con toda honradez a la cara a todas las diferencias que antes de casarse ni se soñaba que existieran. Y comprendemos que tenemos que vivir juntos y amarnos a pesar de todas las diferencias que encontramos. Durante el noviazgo se pone el acento en lo que nos une. En el matrimonio, en cambio, afloran las diferencias, a menudo de forma dramática. Hemos aprendido. es verdad, que el matrimonio no es siempre, o sólo, dos personas que avanzan cogidas de la mano; sino que es también un ir adelante juntos que requiere un gran esfuerzo para programar y compartir nuestra vida. Así se empieza a entender que es una unión que requiere mucho tesón si uno quiere que se mantenga en pie, que es necesario mirar adelante, reflexionar y dialogar. Y terminamos por concluir que el matrimonio funciona sólo si nos decidimos a hacer que funcione.

Un matrimonio no es nunca un bonito regalo que se entrega a los esposos al final de la ceremonia nupcial. Es algo que los cónyuges construyen con sus manos, día a día trabajando con dedicación y sacrificio. ¿De qué manera? Por experiencia puedo afirmar que dar amor sin esperar nada a cambio es el elemento esencial de un matrimonio logrado. En otros términos: se trata del amor incondicional, que a menudo se ve como algo costoso, difícil o borroso. Indicaré ahora algunos atributos del amor incondicional que merecen ser subrayados y sobre todo meditados por el lector:

1) «Renunciar a querer tener siempre razón». Es la única, inagotable fuente de problemas y de ruptura de relaciones: la necesidad de decirle al otro que se ha equivocado o, si se prefiere, la necesidad de tener siempre razón, de decir siempre la última palabra, de demostrar al otro que no sabe lo que dice, de imponerse como superior. Una pareja sana es una relación entre iguales: ninguno de los dos ha de sentirse equivocado. No existe un modo «acertado» o un argumento «vencedor»: cada uno tiene derecho a tener su punto de vista. Antes de negarle la razón al otro, hemos de poder detenernos a hablar con nosotros misms y decirnos simplemente: «Sé lo que pienso sobre este tema y sé que su opinión no coincide con la mía, pero no importa. Basta que yo lo sepa dentro de mí; no es necesario quitarle la razón».

2) «Dejar espacio a los demás». Cuando amamos a alguien por lo que es y no por cómo pensamos que debería ser, o porque nos satisface, surge espontáneo dejarle espacio. La actitud afectiva adecuada es permitir a cada uno ser él mismo. Y si eso comporta algún tiempo de alejamiento entre nosotros, entonces no sólo hay que aceptar la separación, sino facilitarla afectuosamente. Las relaciones demasiado estrechas (me refiero especialmente a los matrimonios simbióticos), destrozadas por los celos o la aprensión, son típicas de quien piensa tener derecho a imponer a los demás cómo deberían comportarse.

3 ) «Borrar la idea de posesión». Tratemos de gozar el uno del otro, no de poseernos mutuamente. Nadie quiere ser dominado. A nadie le gusta sentirse propiedad privada de otro, ni sujeto ni controlado. Todos nosotros tenemos en la vida una misión que cumplir, que resulta obstaculizada cada vez que otro ser humano intenta entrometerse. Querer poseer a los demás es, sin duda, el obstáculo mayor en la toma de conciencia de la propia misión.

4) «Saber que no es necesario comprender». No tenernos obligación de comprender por qué otro actúa o piensa de una manera determinada. Estar dispuestos a decir: «No entiendo, pero es igual» es la máxima comprensión que podemos ofrecer. Cada una de mis tres hijas tiene una personalidad y unos intereses propios. Además, muy a menudo lo que les interesa a ellas no tiene interés para mí, o viceversa. No siempre es fácil superar la convicción de que todos deberían pensar y comportarse como yo, pero intento frenarme y, cuando lo consigo, pienso: «Es su vida, han venido al mundo a través de mí, no para mí. Protégelos, presérvalos de actitudes autolesivas y destructivas, pero deja que vayan por su camino». Rara vez entiendo por qué ciertas cosas les apasionan, pero a menudo he conseguido pasar por alto la necesidad de entenderlo. En la pareja hay que superar la necesidad de entender por qué al otro le gustan determinados programas de televisión, por qué se acuesta a cierta hora, por qué come lo que come, lee lo que lee, se divierte con ciertas personas, le gustan determinadas películas o cualquier otra cosa.

Recordemos que dos están juntos no para entenderse, sino para ofrecerse ayuda mutua y realizar su misión de mejorar. Y una grandísima aportación a todo esto es el llamado «arte de la conversación», un arte que tiene cinco reglas: sintonizar el canal del otro; mostrar que estamos escuchando; no interrumpir; preguntar con perspicacia; tener diplomacia y tacto.

De estas reglas me parece importante detenernos en la escucha porque, parecerá raro, pero las parejas en crisis no saben escuchar; y en mi actividad profesional tengo que trabajar a menudo sobre cómo reactivar la atención y poner el acento en el proceso de escucha, pidiendo a cada uno que se concentre no en las palabras que se dicen sino en otra cosa. ¿Qué oye. por ejemplo. en la voz del que habla? ¿Está bien calibrada y suave. o es dura y agresiva? Lo mismo con el tono y la inflexión: ¿llana, metálica, monótona o excitada y contagiosa? A veces nos sorprendemos de mensajes totalmente nuevos o diferentes con respecto a las acostumbradas comunicaciones familiares, que se captan cuando uno deja de escuchar las palabras y presta atención a otros aspectos. Una actitud típica de la falta de escucha se tiene cuando se usan las siguientes palabras: «Sí,... pero». «si al menos...».

Me gustaría abrir un pequeño paréntesis sobre otras actitudes equivocadas en la pareja, que son las pretensiones. Por ejemplo, pretender que el otro tenga que amar a los padres y a la familia de uno. Digamos que me podría agradar que el otro trate a mi familia con respeto, pero no tiene que amarla obligatoriamente. O bien pensar que si uno te ama de verdad, tendría que saber lo que necesitas. Es lo que yo llamo «pretensiones de telepatía». por lo que quizá es útil declarar nuestros deseos de manera abierta y clara. Quien te ama de veras tiene derecho a que le pongas al corriente. Otra idea: es un error pensar que pedir disculpas lo borra todo. porque las disculpa son palabras. mientras que son mas importantes las acciones correctivas.

Pero volvamos a lo de saber escuchar. Todos hemos hecho la experiencia bonita y liberadora de estar en presencia de una persona tranquila que nos deja ser lo que somos, que no juzga, que no echa sermones, que se ensimisma en nuestras experiencias, que está con nosotros, totalmente presente; en una palabra, que se hace «uno» con nosotros. Pues bien, ésta es una persona que nos escucha. Si en cambio alguien empieza a juzgarnos, a darnos consejos, hay menos espacio para que surja algo verdadero e importante, quizá nuevo. En la pareja, que cada uno recuerde que la escucha debe ser pura, limpia, sin estar pensando qué va a decir después.

Para concluir, los signos del verdadero amor matrimonial son: aceptarse mutuamente como somos; el deseo de hacer lo que al otro le agrada; el estar dispuestos a allanar las diferencias conforme afloran; la conciencia de que se ha de construir la unidad matrimonial y no el orgullo personal y las propias razones; el esfuerzo de pensar en términos de «nosotros» y no de «yo»; la sensación de ser dos compañeros que trabajan juntos por la misma causa; la constante tensión hacia un estilo de vida que ya no es mi estilo o el tuyo, sino el de ambos, y que tiene sus raíces en un amor sobrenatural.

Para casarse bien, hay que ser tres: él, ella y el Amor.

lunes, 19 de noviembre de 2007

¿Qué les parece este decalogo?

Del buen divorcio
Decálogo del buen divorcio

Estos son los 'mandamientos' para evitar un divorcio traumático, tanto para la pareja en proceso de ruptura como para los hijos.

1. El divorcio es algo más que un proceso legal
Toda ruptura familiar conlleva además de un proceso legal, un proceso emocional, personal y psicológico que viven los adultos y los hijos.

2. El problema no es el divorcio sino el 'mal divorcio'
La ruptura de la relación de la pareja no debería perjudicar a los niños. Los hijos podrán superar la situación si los progenitores cooperan entre sí.

3. De común acuerdo todos ganan
Las rupturas de mutuo acuerdo favorecen el clima de diálogo entre los progenitores y generan un ambiente más favorable para las relaciones de los hijos con éstos.

4. Se separan los padres, no los hijos
Tras el divorcio, los padres inician otro tipo de relación familiar entre padre-madre e hijos. Procure que los hijos mantengan una buena relación con el otro progenitor.

5. La separación no supone la pérdida de ninguno de los progenitores
Deben asegurar a sus hijos que seguirán siendo queridos, que no son culpables de nada y que ambos progenitores van a seguir ocupándose de sus vidas.

6. Los hijos no son propiedad exclusiva del padre o de la madre
Aunque uno de los padres tenga la tutela de los hijos, ambos progenitores son imprescindibles para el crecimiento y maduración de los hijos.

7. El divorcio no pone fin a las obligaciones compartidas con respecto a los hijos
Los padres tienen la obligación de consultarse y comunicarse de manera honesta, abierta y regular las decisiones importantes con relación a la educación y desarrollo de los hijos. Evitar las discrepancias educativas.

8. Lo importante es la calidad de la relación con los hijos
Lo obstaculización, interrupción e inconstancia en el régimen de relaciones repercute negativamente en la estabilidad emocional de los hijos y les genera graves perjuicios psicológicos.

9. No utilizar a los hijos
No utilice a los hijos en el conflicto que le pueda enfrentar con su cónyuge, ni canalice a través de ellos las tensiones que la ruptura le genere a usted.

10. Facilitar la adaptación del menor a las nuevas parejas
La introducción de una tercera persona en la vida de los hijos ha de hacerse con tacto y progresivamente